La Nada

El sol, la dulce brisa marina ondeando su melena, tus ojos brillantes esperando que se acerque y te bese. Hace aire, las olas rompen contra la orilla mientras su mirada sigue en el fondo del océano. No se gira, ni si quiera cuando le pones tu mano encima de la suya. Susurras su nombre, pero da lo mismo, sigue con esa mirada perdida. Tragas saliva, algo pasa. Las palabras mágicas se forman en tu cabeza, intentas resistirte para no lanzarlas al vacío, pero no puedes más. Las sueltas: – ¿Te pasa algo?-. Entonces llega el shock, los aplausos en tercera fila de un cine al que nunca irías. El oscar a la mejor interpretación viene seguida de un discurso cortante, seco: -Quiero dejarlo.

Y empiezas tu andadura en el vacío, en lo que llamaríamos LA NADA. Una dimensión en la que todo da la sensación de estar congelado. El tiempo no pasa. Caminas al lado de alguien, o de algo, no lo sabes bien. Lo observas detenidamente. Se parece a ti. Tus mismos rasgos, tu mismos andares, pero se ve borroso, con varios filtros anaranjados de Instagram y un contraste horrible. Da pena, intentas deshacerte de él. No quieres que te siga. Empiezas a andar más rápido, giras una esquina a la derecha y seguidamente otra a la izquierda, pero cuando miras atrás, ahí está. Te observa, pero no sonríe. Sus ojos están apagados. Mirarlos es como mirar la pantalla de una televisión desenchufada. Emiten una pequeña luz, que da la sensación de tener algo de vida, pero en el fondo están muertos.

Alrededor tuyo la vida sigue igual: el metro colapsado, la gente paseando sin rumbo por Gran Vía, atasco de coches, bicicletas con frenos que chirrían como un centenar de pájaros al anochecer, perros que defecan y amos que se agachan a recoger lo que para ti podría ser tu vida ahora mismo. Sí, todo eso está ocurriendo ahora, mientras paseas con tu nuevo amigo. Pero tú no lo ves, no ves más allá de tu amigo, ni siquiera eres capaz de descifrar hacia dónde te diriges. Vas sin rumbo.

Trabajas como una máquina; rutina sin sentido. Tu mente no tiene espacio para nada más que ella. Al lado, tu nuevo amigo sigue observándote. Llevas una semana con él de acompañante y todavía no se ha presentado. Te da igual, ya se cansará de seguirte, o al menos eso piensas.

Sudores entremezclados, besos en el cuello. Os miráis a los ojos mientras le acaricias la espalda. Bajas lentamente con la lengua hasta sus pechos, escuchando sus gemidos de placer. Pero algo pasa, no puedes concentrarte. Tu mente vuelve a traicionarte. Surgen comparaciones sin sentido, no entiendes nada. No es ella. Eres consciente de eso. Volvéis a miraros a los ojos. No son sus ojos, ni su boca. Sí, es más guapa que ella. Pero estás cegado. Una venda recorre tu cabeza y no te deja ver más allá del pasado. Acabas lo que podrías llamar un polvo de mierda. Ella quiere arrumacos, y tú huir. Explicarlo sería perder el tiempo, y como no vas a volver a verla, te inventas una excusa también de mierda. Hoy todo va de ese palo.

Mientras te vistes, él está observándote. Sabes que ha estado todo el rato en esa habitación, en modo voyeur, sólo que no ha disfrutado. Si bien ese momento ha sido compartido, ambos habéis odiado esa habitación. Te despides falsamente y escapas de todo, de ella, del sitio, del tiempo, de él… Pero él te sigue, pegado a ti.

Una fiesta, alcohol, amigos, una chica simpática, lagunas… Estás en una discoteca, el ruido es ensordecedor y apenas oyes lo que dice tu nueva amiga. Miras a tu alrededor, y vuelves a verle. Pero está vez es distinto, parece que sonríe. Se dirige hacia a la salida. No entiendes nada. Te apartas de la chica y te diriges hacía la puerta. Esquivas borrachos y parejas metiéndose mano, lo vas a perder y no quieres, aunque no sabes por qué. Llegas a la calle, la lluvia torrencial no te deja ver nada. Fuerzas la vista y miras por todos lados, pero nada, no hay ni un alma. Vuelves adentro, confundido, y te pides otra copa.

A la mañana siguiente despiertas con la peor resaca del mundo. Las sábanas te acarician las mejillas, y tus ojos enfocan lentamente las figuras abstractas que forman el gotelé de la pared de tu habitación. A tu lado duerme tu nueva amiga. Una ondulada cabellera castaña recorre su bonita espalda. Es mona, da gusto verla dormir. Sientes algo raro dentro de ti, algo que se incendia lentamente en tu esófago y comienza a bajar hacia tu estómago. Aunque te duele mucho la cabeza, mirarla te relaja ese dolor. De repente, quieres saber algo más de ella. ¿Qué tipo de cine le gustará? ¿Pizza o burguer? Esperas que ambas comidas estén entre sus favoritas.

Te levantas y vas al baño. Te lavas la cara y mientras la secas, aparece él. Le miras y sonríes. Él te devuelve la sonrisa y se despide. Te da pena, le habías cogido cariño, pero la vida sigue, el mundo cambia, sale el sol, y el Jäger se acaba.

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El cambio

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Digamos que todo empieza así, con una explosión. Algo ensordecedor que adormece tus sentidos, revolviendo de extremo a extremo tus ideas, tus conceptos, tus “etiquetas” de lo que ves, de lo que sientes, de lo que odias, de lo que amas, de todo aquello, que te convierte en ser humano. Sí, así comienza ese golpe de efecto que transmuta tu mente en un acantilado repleto de un bucle ilimitado de agresivas olas. Olas que, sin perdón ni razón, golpean contra ancestrales piedras. Las sensaciones dejan de tener sentido, pasan a ser un aluvión de energía que no puedes procesar, al menos en este momento. ¿De dónde viene tanta información? ¿Por qué tantos datos de repente? La situación empieza a complicarse, notas los sudores fríos, pero no puedes analizarlos, no desde un plano consciente. En este momento solo sois tú y tu mente. Una pareja que se conoce de toda la vida, equipo perfecto que ha resuelto miles de problemas, algunos de ellos inverosímiles, pero que ha llegado a su límite, a su punto de inflexión, a su ruptura. Sí, es esa sensación. Tu mente te quiere dejar, se quiere independizar. Ya no sois uno; y el miedo a no volver a serlo jamás, empieza a hacerse latente. Has superado miles de rupturas, tantas que no sabrías decir un número exacto. Pero ésta te marca, te preocupa. Estamos hablando de perder la razón, de dejar de ser tú. Porque sin ella, no eres nada. Tu cuerpo lo nota, siente que esta discusión sin sentido entre tú y tu mente va acabar irremediablemente mal. Empiezan las insurrecciones. Ese corazón, que antes latía de un modo acompasado, con un ritmo que haría enloquecer a cualquier fan del jazz más acelerado, se vuelve arrítmico, desbocado. Como si de un caballo se tratase. Quiere escapar de tu cuerpo. Brazos y piernas deciden congelarse, son más listos. Saben que si se independizan no tienen nada que hacer. Tus ojos, que tantos amaneceres han visto, que tantas lágrimas han contenido, están desatados. Pupilas que enganchan cada detalle de la realidad como si fuera demasiado importante para dejarlo pasar. Sonidos incomprensibles pasan a ser analizados por tus oídos. La sublevación de la mente, comienza a hacerse presente.

Se trata de eso, de un juego de intercambio de papeles o, mejor dicho, de un intento de salvar una situación imposible, en la que no hay más remedio que realizar trabajos que no conoces. Tu cuerpo que antes era un conjunto, un equipo, siente por primera vez la necesidad de emancipación.

No. Te niegas a aceptarlo. Es la quinta vez que te ocurre en dos meses, y no estás por la labor de dejarlo pasar. La primera vez que ocurrió, caíste en la trampa. Creíste que ese cambio iba a ser para toda la vida. Que nunca volverías a ser consciente, que te perderías en la “nada” de todo aquello que no eliges, que no decides, que no piensas. Lloraste. Dejaste que el ataque te golpeara, te redujera y te susurrara perdedor. Eso fue la primera vez.

Con el tiempo, desarrollaste una táctica. Algo dentro de ti te insinuaba que no sería la última vez que sufrirías eso. Y volvió a pasar. El mar se recogió sobre sí mismo y una ola gigante surgió de unas aguas enardecidas. Pero esta vez decidiste probar algo nuevo, algo sencillo: dejarse llevar. Te lo tomaste como un juego, disfrutar el ataque. Hacerte su amigo no fue fácil. Esas olas, esa locura no eran palpables. No escuchaban, o mejor dicho no querían ser escuchadas. Pero aun así seguiste intentando disfrutar. Cada dato, cada luz centelleante, cada sonido sibilante. Onomatopeyas de una cabeza desbocada que no quiere ser domada. Todo eso comenzó a adquirir conciencia, apariencia. Ya no era algo amorfo, ni etéreo. Las sombras comenzaron a formar algo: unos hombros, un cuerpecito enganchado a unos brazos y piernas delgadas. El aspecto de un niño enfurruñado que te mira con cierto recelo que no se fía de ti, se presentó ante ti. Le sonreíste, con ojos vibrantes. Su gesto variaba de estupefacción a tosquedad, no entendía porque le mirabas así. Diste un pequeño paso en dirección a él. Su cara era un poema. Ojos negros que en otra época odiaban, ahora reflejaban la duda, el asombro de ver que no huías. En tu interior, temblabas, las piernas se mantenían firmes, pero tu alma se tambaleaba en un cruce de pánico y ansiedad. “Déjate llevar” te decías, pero lo máximo que podías hacer era evitar que se notara ese temblor. Pensar más allá se hacía imposible. Otro paso más, y dos ojos te siguen como azabaches enganchados a tu pecho, dubitativos, que intentan provocarte, asustarte. Pero tú eres más fuerte, más que tus temores, que el odio, que la tristeza, TÚ ERES MÁS FUERTE. Y con esas letras retumbando en tu cabeza, llegas ante él. Apenas mide más de 140 centímetros, pero cuánto daño es capaz de hacer. Te arrodillas y lo miras fijamente. No tienes miedo. Eso le asusta, tanto, que empieza a crecer desmesuradamente. Se convierte en un gigante inabarcable, que te mira con prepotencia. Pero tú eres más fuerte, y con los brazos abiertos, te levantas del suelo para acabar abrazando una de sus enormes piernas.

Ya no hay gigante, ya no hay dolor. Solo hay un niño, que sonriente, te devuelve el abrazo. Justo ahí se produce el cambio, justo ahí, pasas del infierno a la calma de un bote en un océano vacío de presencia. Mar inconmensurable que refleja la dualidad de esa batalla sin vencedores ni perdedores, entre tu mente y tú.

Has vuelto a sobrevivir a otro ataque de pánico.

Te lo dije…

 

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El sudor del vaso resbala por mis dedos, mientras tus ojos golpean mi despejada frente. Ríes ante cada tontería que suelto. Es difícil asimilar que esto tiene un final. Cuando la música acabe, cuando los focos se apaguen y todo quede en una frágil penumbra, de mí dependerá conocerte o no. Hasta ahora solo te he hecho sonreír ante mis absurdas críticas musicales. Decido conocerte, al menos esta noche. Y cuando todo termina, tú y yo seguimos ahí, rompiendo el silencio de la noche. Mis tonterías. Tus carcajadas.
Decidimos seguir al resto. Hablan algo de un pub que casualmente es al lado de mi casa. Yo digo de ir a otro sitio, en el que pinchan unos amigos, pero en el fondo lo sabes, me da lo mismo. Solo quiero conocerte, echarme en un banco contigo y preguntarte por todo. Tu pasado, tu presente, tu futuro.
Entramos en La Peligro (curioso nombre para un pub tan aburrido) y tras probar la cerveza, sonriéndome, me confirmas que no vas a estar más de 20 min. Yo te respondo que lo entiendo, que es normal; y te acercó lentamente hacía mi, mientras mis labios empiezan a empaparse en una humedad de recuerdos, de situaciones similares. El tiempo se para, la música se detiene, y tus ojos secuestran los míos. Ahora ya no soy yo quién acerca a quién. Son ellos, con ese brillo tortuoso, que me obligan a intentar besarte. ¿Cómo es posible que una intención cambie tan fácilmente de dueño? Me acerco directo, mientras el tiempo sigue detenido, convirtiéndose en un aliado nuestro; otorgándonos algo más valioso que la joya más preciada del universo: minutos, segundos, y quién sabe, igual hasta horas. Me gustaría decir que todo fue sobre ruedas, que te besé y acabamos enganchados a nuestros sabores, a nuestras alegrías y tristezas, a nuestras pasiones o decepciones. Pero no, hubo cobra, apartaste tus labios de mi. Y el tiempo, rabioso, volvió a activarse. Iracundo, decidió golpearnos en la cara, convirtiendo las horas en minutos. No era consciente de mi cara de asombro; supongo que debía ser graciosa. Mi intención era clara, apartarme y disfrutar de mi bebida. Pero me agarraste del brazo, nuevamente, atrayéndome hacía ti, mientras tu cara dibujaba una seductora sonrisa. Las luces cayeron, volvió el silencio. Solos tú y yo. Labios pegados en un oasis de ruido desenfocado. Abro los ojos, y solo te veo a ti, congelada en un beso eterno. Miro alrededor mío, intentando averiguar que ha pasado. Algo en el fondo se mueve, una sombra que no conozco, pero que parece intentar advertirme. Me acerco hacia ella, apartando las motas de polvo generadas en el aire. Sorteando figuras que se hacen presentes a cada paso que doy, verificando la sensación de irrealidad que estoy viviendo. Llego ante esa figura y me doy cuenta que se parece a mí. Algo más joven, quizás. Va afeitado, y me mira preocupado. Su gesto, entre compasivo y serio, me indica que va a hablar. Entonces, rompe su silencio con tres palabras: “te lo dije”. Y guiñándome un ojo, desaparece. Miro a todos los lados, le busco entre la oscuridad mientras grito preguntando a qué se refiere con eso. Pero nada, sólo obtengo un silencio por respuesta. El tiempo empieza de nuevo a incorporarse; rápidamente me devuelve a la realidad. Ella está frente a mí, sigue pegada a mis labios. La miro con gesto sorprendido, mientras se separa y me pide que la acompañe a casa. Acepto, pero ese paseo se convierte en una vorágine de preguntas interiores sin respuesta que acaban siempre en una voz susurrando: “te lo dije”.
¿En qué trabajas? ¿Y te gusta? ¿Tienes novio? ¿En serio? Pues que imbécil… ¿Qué haces mañana? ¿Una playa antes de irme? 
Pero la voz, sigue oyéndose, una y otra vez. Disfruta golpeando en mi cabeza, con su enigmático tono alegre, obligándome a pensar, a analizar más la situación. Pero decido pasar, concentrándome más en la conversación, y al final, se desvanece.
Días despues, mientras escribo esto, vuelve a aparecer. Susurrante, alegre, pero esta vez viene acompañada por un recuerdo, una escena olvidada que se dió hace mucho tiempo, y de repente, obtengo mi anhelada respuesta. 
Pero eso, es otra historia, y debe ser contada en otro momento… O nunca. 

¿Y si…?

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A veces, suspiras agobiado mientras miras por tu ventana como los rayos del sol enfocan las longevas ramas de un árbol que nunca te había llamado la atención. ¿Desde cuándo lleva ese árbol ahí? Un año buceando con tu mirada por las entrañas de una ventana que ofrece cosas más interesantes que tu actual trabajo, y nunca habías reparado en la majestuosidad de ese árbol. En esas hojas que habrán muerto y renacido por lo menos dos veces en todo el año, y tú ni siquiera eres capaz de recordar que él estaba ahí, triste o alegre, observándote tu día a día. Todos esos informes que has hecho con pesadez, los problemas que te han llevado de cabeza, el estrés de ese día interminable que no supiste llevar dignamente, la ruptura de pareja que soportaste sobre tus hombros mientras sonreías a tus compañeros afirmando el famoso “no pasa nada”, la tristeza que venía acompañada de las primeras citas con gente que no conoces, el desaliento de volver a buscar otro nuevo compañero de piso, las sonrisas de verte en forma ante nuevos retos, la alegría de las ofertas de trabajo inesperadas por culpa de un Linkedin bien saneado. Todo eso, todo, él lo ha visto. Ha sido partícipe al menos con su mirada lacónica, de todas tus tristezas y alegrías. Con el arrastrar de sus hojas mecidas por un viento reservado, ha sabido observar e incluso juzgar la rutina que te ancla el alma, deshaciendo el sabor provocado por una felicidad que no va más allá de salir, beber, follar y repetir, en un ciclo que sabes que no lleva a ningún sitio al que quieras ir.

Este árbol que tú no has sabido ver, ni comprender, te conoce mejor que tú mismo. Sabe que dentro de ti hay un guerrero demandando sangre, aventuras, riesgo. Le aprisionan unas atenazantes cadenas que no le dejan respirar, ni si quiera puede gruñir para que le oigan. El murmullo de su voz se pierde en abismos de tortura rutinaria. Respira, olfatea el ambiente. Sabe que dentro de poco volverá a llegar su hora. Como hace dos años, cuando ante una duda, se escapó de su asfixiante cárcel y salió a la superficie con esencia de conquistador. En ese momento llegaste a Madrid, sin nada. Con apenas dos amigos y una familia a la que llevas meses sin ver. Fuiste un conquistador. Conseguiste subir encima de ese iracundo miedo y convertirlo en tu dócil mascota, en tu caballo de guerra que te seguiría a cualquier lugar. Sin rechistar, sin odio, sin quejas.

Pero en dos años te perdiste. Volviste a encarcelar a tu guerrero, a tu Mad Max personal. Sin explicaciones, sin piedad. Su rabia se hace latente en las profundidades de tu mente. Has creado una vida de paz que genera discordia dentro de ti. ¿De verdad quieres vivir así el resto de tu vida? ¿En serio crees que has encontrado tu sitio? Si respondes a esto sin dudar, enhorabuena, tu guerrero personal murió hace tiempo. No tienes nada que temer, eres libre, eres feliz. Pero si tu respuesta tiene un retardo de varios segundos, no te engañes, debes liberarlo. Debes romper sus ataduras, empujarle hacia fuera de ti. Conseguir que tus labios vuelvan a sonreír ante la emoción de no saber que te depara el futuro más allá de ese trabajo con contrato indefinido que acabas de dejar. Escupir los sentimientos de tu frustración fuera de ti, y concentrarte en cómo llevar de nuevo tu vida a un nuevo escalón de aventuras, de riesgo, de adrenalina. ¿La sientes? Si piensas en ello, en verte en otro país, en otra vida, en otro paisaje ¿notas el crepitar de tu piel al erizarse? El bombeo sanguinolento que va subiendo de ritmo y acaba desplazándose hasta tu garganta, ¿lo notas? Esa sensación de vértigo seguido de adrenalina ante la idea de que dentro de un tiempo vivirás en otra ciudad, en otro país, en otro momento… ¿te desvela por las noches? Quién sabe, puedes sentir todo eso o solo sentir vértigo, pero ya sientes algo que no es complacencia. Desátale, empújale de la celda; dale su espada, quítale la mordaza, déjale que aúlle hasta que se quede afónico. Es más, ayúdale tú mismo; ves a una montaña, y grita con él. Fusionaros, volved a ser uno, volved a capear el temporal, volved a romper vuestra zona de confort. Porque no te engañes, de eso se trata, de viajar, de encontrar tu sitio. Pero no en tu mismo país, o en tu pueblo, o en tu comarca, debes ir más lejos, mucho más. Cuando uno busca su sitio debe tener unas expectativas mucho más grandes, debe enfrentar el miedo de no poder volver, o de no saber qué hacer en un sitio que no conoce. El miedo nos hace fuerte, sí, sé que hay miles de charlas que te intentan meter en la cabeza esta frase hecha, pero ¿por qué seguimos sin creérnoslas?, ¿Por qué seguimos encarcelando a nuestro guerrero?, ¿Por qué continuamos con excusas, cambiando sentidos, usando expresiones negativas como el famoso “es que” en tal de otras más arriesgadas, más positivas?

Te propongo un plan. Coge un mapa, cierra los ojos y señala cualquier zona. Abrélos y cuando descubras que zona es, solo piensa dos palabras: y si…

Ya habrás dado un paso.

Tus tres historias

 

Existen tres historias que conviven en mundos paralelos. Tres historias en una misma realidad.

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En la primera, hay una princesa que vive en un reino asolado por un demonio horrible que convierte en agua todo lo que toca. Un príncipe se presenta como gran defensor, pero cuando se enfrenta al horrible monstruo, se da cuenta de que la situación lo supera. La princesa, cansada de depender de los demás, y enfurecida al ver que su reino estaba desapareciendo, diluyéndose en los ríos y muriendo en el mar, arrancó de las manos del “héroe” la espada y se enfrentó al demonio con todo su odio. El príncipe no podía creer lo que veían sus ojos. Los movimientos suaves y gráciles de una silueta que perforaba la sombra del tumor del reino, doblegándolo sobre sí mismo, para acabar haciéndolo desaparecer. El pueblo vitoreó entonces el nombre de su princesa, mientras que el príncipe agradeció la increíble gesta de la cual había sido un mero espectador.

La segunda historia ocurre en una época distinta, en un futuro incierto.

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Es la decimotercera Guerra Mundial, y los países están asolados por los perversos líderes mundiales. Una superviviente defiende su pueblo ante el avance de un pequeño ejército con orden de masacrar la aldea. Lleva la cabeza rapada al 0, pero no le importa. Está por encima de lo superficial, hay cosas que con el tiempo sabes que son más importantes que la belleza externa. En la aldea solo quedan dos familias supervivientes. Ninguna de ellas es la suya. Hace tiempo que perdió esa parte de su vida. Pero se siente decidida a ganar esta última batalla, y para eso está dispuesta a entregar su vida. Los tanques suenan cada vez más cerca, pero ella no tiene miedo. Una punzada eléctrica de emoción recorre todo su cuerpo. Mira al horizonte, el brillo anaranjado del moribundo astro baña su cara. Sus labios rompen la expresión seria de su cara: sonríe mientras piensa que quizás sea su último atardecer.

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Una pareja de enamorados que van cogidos de la mano se ríen, son felices. Pasean por una zona mal iluminada. Es de noche, y no pasa ni un alma por la calle. Ella no tiene miedo, él es su salvador, su héroe. Sabe que a su lado nada, ni nadie, puede hacerle daño. Dos esquinas después, su héroe yace en el suelo mientras dos individuos le están golpeando sin cesar. Ella no puede hacer nada, ni si quiera sabe cómo ha ocurrido. Todas sus energías están puestas en evitar los golpes del hombre que tiene encima de su cintura. De “ese” que se toma la libertad de arrancarle el suéter, mientras intenta introducirse dentro de ella. La impotencia se apodera de su ser, sus ojos destellan rabia mientras miran a su agresor con un odio visceral que recorre sus entrañas. Y es entonces cuando aparece la fuerza extraordinaria que nunca había sabido que existía dentro de ella. La impotencia da paso a la determinación, y con celeridad, muerde el cuello de su agresor hasta percibir un sabor amargo que le resulta familiar. Pierde el control de su mente. Un fundido a negro después vuelve en sí. Y se descubre apoyada en su héroe, abrazada a él, que permanece inconsciente todavía. A su alrededor yacen 3 personas en el suelo. La luces azules empiezan a iluminar la calle, mientras ella acaricia la cabeza de su amado.

Tres historias que definen tu persona. Tres personajes que encierras dentro de ti. Nunca has sido débil, eso siempre lo he sabido. Lo supe el primer día que me “atacaste”. Recuerdo que dijiste que no ibas a dejar que otra me cazara. Mi cara sonrojándose mientras te contestaba que las tías nunca atacáis. – “No sé las demás, pero yo sí”. Y me estiraste hacía ti. Y bailamos hasta el amanecer.

Nunca necesitaste a nadie, ni siquiera cuando salimos del médico. –“Puedo con esto y más.”  Te acercabas a mí y me arreabas un beso de esos que me dejaban sin aire. Tu cambio de look. Recuerdo que dejaste tu cabellera negra en el suelo del baño. Sonreías mientras me decías que el rapado al cero te sentaba de muerte. Tus risas cuando yo me solidaricé contigo llevándolo a lo “skinhead”.

Los últimos meses acudías al baño con regularidad, y aún así sonreías. Estabas más delgada, pero para mí seguías siendo la morena de ojos verdes que me cautivó aquella noche.

Un lunes, te acompañé al hospital, como de costumbre. “Rutina”, como tú decías. Pero volví solo a casa. Seguramente, si hubieses estado en mi lugar, hubieras sonreido en algún momento, pensando en alguna frase irónica de las tuyas. “Puta vida tete”. Pero yo no soy tan fuerte como tú. Yo no hubiese matado al demonio, ni salvado a la aldea en esa guerra, ni hubiera evitado una violación y defendido al ser más querido como si de mi propia vida se tratara. Para mí, tú has sido mi heroína; miraste a la cara de la muerte, sin miedo, y le guiñaste un ojo.

Por eso, cuando me preguntan por el cáncer que te apartó de mí, siempre cuento estas tres historias; para demostrar que, sin dudarlo, tú has sido la mejor.

Cuando pierdes tu centro

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Todos tenemos una vida que vivir, con sus cosas buenas y sus malas, con sus alegrías y sus penas; pero es tú propia vida. Si enfocas tu vida en otra persona, la pierdes, regalas tu existencia a alguien que no la necesita, porque, como ya sabrás, vive su propia vida.

Tener una pareja conlleva, saber respetar cuáles son sus decisiones y hasta donde estás permitido a transigir para estar con ella.  Supongamos que dos personas se conocen una noche, y se empiezan a gustar. Ambas son independientes, está implícito en su carácter. Todo comienzo siempre es bonito, porque empieza con una fase de descubrimiento en la que ambos sujetos descubren cosas del otro. Pero esta fase solo dura unos meses, no llega al año ni de broma. Y ahí es cuando comienza el reto.

Las personas tenemos una serie de principios, de ideas básicas que nos definen como persona. En base a ellos tomamos nuestras decisiones. Por ejemplo, si alguien no tolera que le contesten mal, probablemente reaccionará con enfado si su pareja le grita alguna vez. Es más, le dirá que no se vuelva a repetir. Pero ¿qué ocurre cuando uno mismo se calla y admite que esto ocurra? Obviamente, comienza la decadencia de la relación. El principio de perder tu centro, y enfocarlo en tu pareja.

Una vez salí con una chica muy independiente, tanto que era bastante difícil verse. Yo, como persona independiente que soy, no tenía al principio ningún problema en que ella actuase de ese modo. La conocí con esa característica y la aceptaba. Pero, al tiempo, ella se dio cuenta que yo también era independiente y no le gustó la idea. Decidida como era, me planteó que le gustaría que pusiera un poco de mi parte y ahí es donde yo cometí mi error. Si uno de tus valores es ser independiente, no podrás cambiarlo en la vida. Podrás explicárselo a tu pareja y hacerle ver que es intrínseco a tu persona, y de ella dependerá si quiere o no aceptarlo, si sus valores personales se lo permiten. Desgraciadamente, no hice eso. Me volqué más en la relación, y poco a poco, fui desplazando mi centro a su vida. Empecé a notar con el tiempo que verla solo una o dos veces a la semana no era suficiente, que, aunque me invitará a acompañarla con sus amigos, no era suficiente. En mi cabeza solo había una idea, pasar tiempo con ella. El máximo posible.

Si no la veía, sufría ataques de ansiedad, ¿y cómo los expresaba? Con indiferencia hacia ella. Utilizaba el silencio como arma, hasta que explotaba. De tanto tiempo con malestar no sabía ni expresarme, ni entendía lo que me pasaba. El poco tiempo que pasábamos juntos, lo destrozaba con mis silencios y mi ansiedad. Lo peor de todo es que mi subconsciente me pedía a gritos cortar la relación porque estaba harto de sufrir tanto ataque de ansiedad. Pero el subconsciente no manda sobre la consciencia, y al final me echaba hacia atrás, pidiéndole perdón por mi actuación lamentable. Obviamente me había vuelto un dependiente emocional de ella, la relación estaba podrida y ella se dio cuenta y lo dejó.

¿De quién fue la culpa? ¿De ella por no darme más tiempo? No, de ella no. Ella hizo en todo momento lo que pensó que era lo correcto. Ver a sus amigos, era lo correcto para ella. Viajar, salir o hacer cualquier cosa con ellos de vez en cuando, era lo correcto. El culpable de la ruptura de mi relación, no era nadie más que yo. Solo yo podría haber parado a tiempo lo que no me gustaba de la relación. En mi persona existía la opción de decir: “lo siento, si vamos a vernos tan poco, no es lo que busco”. Incluso en el momento que me pidió verme más, decirle: “haré lo que esté en mi mano, pero soy así y tendrás que aceptarlo.” Nunca debes perder tu centro, nunca. Porque si lo pierdes, aparte de agobiar a la otra persona, acabas perdido en un mar de envidia, celos y baja autoestima; y te aseguro que eso no es amor.

Tras la ruptura, y viendo que mis ruegos de volver el mismo día no tenían sentido. Me retiré e intenté ver que ocurría conmigo. Saber cuál era el fallo que me había llevado por sexta vez a sufrir este dolor tan grande por alguien. Analicé mis relaciones, observando los detalles de cada fallo, de cada punto de similitud. Empecé a descubrir que había muchos puntos en común que demostraban que tenía una mochila con problemas que no había solucionado. Descubrí que en todas las relaciones que había tenido me habían elegido ellas a mí y no al contrario. Vi que los fallos de la búsqueda de aceptación por parte de mis padres seguían implícitos en mis relaciones, como un lastre que me seguía a donde iba. En definitiva, buscaba recibir amor encadenado para no aceptar la realidad, que el amor viene de uno mismo y no de los demás. Uno, debe quererse a sí mismo, debe respetarse a sí mismo, si no, nunca podrá dar amor en una relación. Debes llegar a ser independiente emocional en la relación. Se trata de compartir tu vida, no de vivir la del otro o hacer que ella viva la tuya.

Con muy poco tiempo empecé a sanarme, a encontrar mi centro. Mi ex nunca volvió, y tampoco fue mi intención recuperarla. No nos engañemos. A ella le debo que me abriera los ojos ante mi gran problema, pero pasada una la semana tras la ruptura, nunca estuvo en mi cabeza recuperarla. Por una simple razón: Ella nunca estuvo enamorada de mí. Es triste, sí. Pero no es malo, al revés, es algo bueno, porque imaginaros que de esto me doy cuenta cuando llevamos dos años. O mejor, imaginar que me hubiese aguantado mis ataques de ansiedad como un robot, y al tiempo me doy cuenta de que estaba solo en la relación. Sería frustrante, un auténtico infierno.

Hay un dicho que es totalmente cierto, quien te deja, si te quiere vuelve… Y si no, mejor haberlo perdido. Así son las relaciones, y es muy importante que si sufrís de dependencia emocional hagáis terapia. Porque salir solo de ahí, es casi imposible. Yo tuve que hacer y las primeras semanas son horribles, te sientes como un yonky esperando que la persona que te dejó se arrepienta. Lo peor de todo, es que sabes que, si se arrepintiera y hubiese contactado contigo, hubieseis vuelto para nada. Porque todos tus traumas, tus celos, tu ansiedad volverían a la palestra y acabarías volviendo a romper.

Toda situación mala, siempre tiene su lado bueno. Y gracias a esa chica que tanto quise, conseguí vaciarme mi mochila sentimental. El día que conozca a esa persona que cuadre con mis valores, tendré que darle las gracias a ella, aunque sea de un modo mental.

Recordar siempre que todo al final pasa, tanto los malos momentos como los buenos. Al final solo quedan recuerdos que no producen ninguna sensación de dolor. El ser humano está capacitado para superar cualquier cosa, siempre que te hagas amigo del tiempo. Sin él, es imposible.

Gente Tóxica

 

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Estoy hecho mierda. Es uno de esos días en los que el sol sonríe a todos menos a mí. En el que vivo, en un lunes infinito que me atrapa entre sus manos, y aprieta fuerte mientras sonríe con una de esas sonrisas cínicas que tanto daño hacen. El aire se me escapa, y siento que la atmósfera pesa cada vez más. Andar se hace una cuesta interminable, en una calle desprovista de bancos para descansar y con un final incierto.

Valoro todas las sensaciones del fin de semana y no entiendo nada. ¿En qué momento, pase de ser el amigo que nunca te tendría, a ser el malo de la película? ¿Cuándo dejé de ser el bueno? ¿Por qué todos tus amigos me han dado de lado? Me gustaría decir que me lo merezco, para al menos poder justificar este dolor que atenaza mi corazón. Pero sabes que no es así. Esto se nos ha ido de las manos y sé que no tiene solución. Nunca te he juzgado, pero tú te lo permites. Es más, incluso tu amiga, que tiene engañada a su marido en un cuento de fidelidad imposible, se permite hacer un juicio de valor sobre mí. Un amigo es algo más que un par de whatsapps cuando otro tío te ha hecho daño. Una relación de amistad se basa en dar sin pensar en recibir. Pero de ti, solo he recibido odio, dolor y un virus que ha convertido a tus amigos en mis enemigos, y no por mi parte. Eres tóxica, y es triste que ya no me dé pena, que ya no me importe si te hacen daño o no; pero más triste es, que deba pasar del tema, porque al final, la gente tóxica no sirve para nada.

No he podido evitar empatizar con la persona que me contó la situación descrita anteriormente. Todos en nuestra vida, independientemente del género que seamos, hemos vivido una situación parecida. Parece estar en nuestros genes, comportarnos a veces de un modo tan extraño. Estamos en una sociedad en la que radica el egoísmo principalmente; en el que las personas solo piensan en sí mismas, en su YO. Es verdad que tenemos una vida solo, y que tenemos que vivirla como mejor podamos, sin dejarnos nada, “Carpe Diem” dicen algunos… Pero no creo que viviendo de ese modo creamos que estamos aprovechándola de verdad. Compartir experiencias, significados, situaciones, emociones, es vivir. Empatizar con el prójimo, sea un desconocido o un amigo, es disfrutar de la vida. Ese es el mensaje que deberíamos tener intrínseco en nuestra cabeza. Esa idea, aunque pequeña, es de una profundidad absoluta y muy difícil de llevar a la práctica. Lo fácil siempre será evitar lo complejo, no analizar las situaciones. Si un problema llega a mí, lo despacho rápido pasando del tema. Ésto no tendría inconveniente si solo se quedará en eso, en pasar de los problemas que no llevan a ningún lado. El problema es que la mente humana extrapola las actitudes siempre a otras esferas de la vida. Si tú eres un pasota cuando un obstáculo se te cruza en el camino, volverás a actuar de este modo cuando haya un conflicto en una relación, sea de amistad o amor. Y esto es malo. Las relaciones interpersonales no se deben dejar a la ligera. Está bien que no nos tomemos la vida con intensidad, que no añadamos drama (como dicen algunos), pero irse al otro extremo tampoco es lo correcto. Si todos fuéramos más sensatos y pacientes con las relaciones, los problemas serían mínimos, porque sabríamos analizar si es uno mismo el que crea el problema o son ambas personas. Evitaríamos caer en el prejuicio inútil y arduo que conlleva pensar que la otra persona es la culpable de todo, y de ahí empezar a hacer juicios de cordura sin sentido, como si todas las personas nunca cometiésemos errores en circunstancias de presión. Debéis saberlo, todos tenemos algo de locura, y eso es bueno. Porque la locura libera la mente, y ésta necesita descansar de vez en cuando de la realidad cotidiana. Entender esto es necesario para saber convivir mejor, para aceptar situaciones de un modo más coherente y no dar carpetazo y fuera. Es curioso como gente que escucha a grupos de música con letras pegadizas intentando mandar un mensaje positivo con lemas como “alejaros de la gente tóxica”, luego resultan ser los más tóxicos. No digo que este interrelacionado o sea una verdad absoluta, pero sí, que antes de hablar o actuar, uno debería mirarse su propia joroba. Porque todos tenemos una, y solo cuando uno mismo se conoce y sabe sus defectos y sus virtudes, consigue actuar de un modo eficiente ante situaciones difíciles de gestionar. Y eso,  a largo plazo, conlleva reducir a la gente tóxica. Siempre preferiré escuchar canciones con mensajes que hablen más de sanar que de alejar a personas.