¿Y si…?

DC21455B-C7AB-4067-B394-C758626F5036 (1)

A veces, suspiras agobiado mientras miras por tu ventana como los rayos del sol enfocan las longevas ramas de un árbol que nunca te había llamado la atención. ¿Desde cuándo lleva ese árbol ahí? Un año buceando con tu mirada por las entrañas de una ventana que ofrece cosas más interesantes que tu actual trabajo, y nunca habías reparado en la majestuosidad de ese árbol. En esas hojas que habrán muerto y renacido por lo menos dos veces en todo el año, y tú ni siquiera eres capaz de recordar que él estaba ahí, triste o alegre, observándote tu día a día. Todos esos informes que has hecho con pesadez, los problemas que te han llevado de cabeza, el estrés de ese día interminable que no supiste llevar dignamente, la ruptura de pareja que soportaste sobre tus hombros mientras sonreías a tus compañeros afirmando el famoso “no pasa nada”, la tristeza que venía acompañada de las primeras citas con gente que no conoces, el desaliento de volver a buscar otro nuevo compañero de piso, las sonrisas de verte en forma ante nuevos retos, la alegría de las ofertas de trabajo inesperadas por culpa de un Linkedin bien saneado. Todo eso, todo, él lo ha visto. Ha sido partícipe al menos con su mirada lacónica, de todas tus tristezas y alegrías. Con el arrastrar de sus hojas mecidas por un viento reservado, ha sabido observar e incluso juzgar la rutina que te ancla el alma, deshaciendo el sabor provocado por una felicidad que no va más allá de salir, beber, follar y repetir, en un ciclo que sabes que no lleva a ningún sitio al que quieras ir.

Este árbol que tú no has sabido ver, ni comprender, te conoce mejor que tú mismo. Sabe que dentro de ti hay un guerrero demandando sangre, aventuras, riesgo. Le aprisionan unas atenazantes cadenas que no le dejan respirar, ni si quiera puede gruñir para que le oigan. El murmullo de su voz se pierde en abismos de tortura rutinaria. Respira, olfatea el ambiente. Sabe que dentro de poco volverá a llegar su hora. Como hace dos años, cuando ante una duda, se escapó de su asfixiante cárcel y salió a la superficie con esencia de conquistador. En ese momento llegaste a Madrid, sin nada. Con apenas dos amigos y una familia a la que llevas meses sin ver. Fuiste un conquistador. Conseguiste subir encima de ese iracundo miedo y convertirlo en tu dócil mascota, en tu caballo de guerra que te seguiría a cualquier lugar. Sin rechistar, sin odio, sin quejas.

Pero en dos años te perdiste. Volviste a encarcelar a tu guerrero, a tu Mad Max personal. Sin explicaciones, sin piedad. Su rabia se hace latente en las profundidades de tu mente. Has creado una vida de paz que genera discordia dentro de ti. ¿De verdad quieres vivir así el resto de tu vida? ¿En serio crees que has encontrado tu sitio? Si respondes a esto sin dudar, enhorabuena, tu guerrero personal murió hace tiempo. No tienes nada que temer, eres libre, eres feliz. Pero si tu respuesta tiene un retardo de varios segundos, no te engañes, debes liberarlo. Debes romper sus ataduras, empujarle hacia fuera de ti. Conseguir que tus labios vuelvan a sonreír ante la emoción de no saber que te depara el futuro más allá de ese trabajo con contrato indefinido que acabas de dejar. Escupir los sentimientos de tu frustración fuera de ti, y concentrarte en cómo llevar de nuevo tu vida a un nuevo escalón de aventuras, de riesgo, de adrenalina. ¿La sientes? Si piensas en ello, en verte en otro país, en otra vida, en otro paisaje ¿notas el crepitar de tu piel al erizarse? El bombeo sanguinolento que va subiendo de ritmo y acaba desplazándose hasta tu garganta, ¿lo notas? Esa sensación de vértigo seguido de adrenalina ante la idea de que dentro de un tiempo vivirás en otra ciudad, en otro país, en otro momento… ¿te desvela por las noches? Quién sabe, puedes sentir todo eso o solo sentir vértigo, pero ya sientes algo que no es complacencia. Desátale, empújale de la celda; dale su espada, quítale la mordaza, déjale que aúlle hasta que se quede afónico. Es más, ayúdale tú mismo; ves a una montaña, y grita con él. Fusionaros, volved a ser uno, volved a capear el temporal, volved a romper vuestra zona de confort. Porque no te engañes, de eso se trata, de viajar, de encontrar tu sitio. Pero no en tu mismo país, o en tu pueblo, o en tu comarca, debes ir más lejos, mucho más. Cuando uno busca su sitio debe tener unas expectativas mucho más grandes, debe enfrentar el miedo de no poder volver, o de no saber qué hacer en un sitio que no conoce. El miedo nos hace fuerte, sí, sé que hay miles de charlas que te intentan meter en la cabeza esta frase hecha, pero ¿por qué seguimos sin creérnoslas?, ¿Por qué seguimos encarcelando a nuestro guerrero?, ¿Por qué continuamos con excusas, cambiando sentidos, usando expresiones negativas como el famoso “es que” en tal de otras más arriesgadas, más positivas?

Te propongo un plan. Coge un mapa, cierra los ojos y señala cualquier zona. Abrélos y cuando descubras que zona es, solo piensa dos palabras: y si…

Ya habrás dado un paso.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s