El cambio

24D062C5-60B9-4619-A915-02D1A68F1C15.jpg

 

Digamos que todo empieza así, con una explosión. Algo ensordecedor que adormece tus sentidos, revolviendo de extremo a extremo tus ideas, tus conceptos, tus “etiquetas” de lo que ves, de lo que sientes, de lo que odias, de lo que amas, de todo aquello, que te convierte en ser humano. Sí, así comienza ese golpe de efecto que transmuta tu mente en un acantilado repleto de un bucle ilimitado de agresivas olas. Olas que, sin perdón ni razón, golpean contra ancestrales piedras. Las sensaciones dejan de tener sentido, pasan a ser un aluvión de energía que no puedes procesar, al menos en este momento. ¿De dónde viene tanta información? ¿Por qué tantos datos de repente? La situación empieza a complicarse, notas los sudores fríos, pero no puedes analizarlos, no desde un plano consciente. En este momento solo sois tú y tu mente. Una pareja que se conoce de toda la vida, equipo perfecto que ha resuelto miles de problemas, algunos de ellos inverosímiles, pero que ha llegado a su límite, a su punto de inflexión, a su ruptura. Sí, es esa sensación. Tu mente te quiere dejar, se quiere independizar. Ya no sois uno; y el miedo a no volver a serlo jamás, empieza a hacerse latente. Has superado miles de rupturas, tantas que no sabrías decir un número exacto. Pero ésta te marca, te preocupa. Estamos hablando de perder la razón, de dejar de ser tú. Porque sin ella, no eres nada. Tu cuerpo lo nota, siente que esta discusión sin sentido entre tú y tu mente va acabar irremediablemente mal. Empiezan las insurrecciones. Ese corazón, que antes latía de un modo acompasado, con un ritmo que haría enloquecer a cualquier fan del jazz más acelerado, se vuelve arrítmico, desbocado. Como si de un caballo se tratase. Quiere escapar de tu cuerpo. Brazos y piernas deciden congelarse, son más listos. Saben que si se independizan no tienen nada que hacer. Tus ojos, que tantos amaneceres han visto, que tantas lágrimas han contenido, están desatados. Pupilas que enganchan cada detalle de la realidad como si fuera demasiado importante para dejarlo pasar. Sonidos incomprensibles pasan a ser analizados por tus oídos. La sublevación de la mente, comienza a hacerse presente.

Se trata de eso, de un juego de intercambio de papeles o, mejor dicho, de un intento de salvar una situación imposible, en la que no hay más remedio que realizar trabajos que no conoces. Tu cuerpo que antes era un conjunto, un equipo, siente por primera vez la necesidad de emancipación.

No. Te niegas a aceptarlo. Es la quinta vez que te ocurre en dos meses, y no estás por la labor de dejarlo pasar. La primera vez que ocurrió, caíste en la trampa. Creíste que ese cambio iba a ser para toda la vida. Que nunca volverías a ser consciente, que te perderías en la “nada” de todo aquello que no eliges, que no decides, que no piensas. Lloraste. Dejaste que el ataque te golpeara, te redujera y te susurrara perdedor. Eso fue la primera vez.

Con el tiempo, desarrollaste una táctica. Algo dentro de ti te insinuaba que no sería la última vez que sufrirías eso. Y volvió a pasar. El mar se recogió sobre sí mismo y una ola gigante surgió de unas aguas enardecidas. Pero esta vez decidiste probar algo nuevo, algo sencillo: dejarse llevar. Te lo tomaste como un juego, disfrutar el ataque. Hacerte su amigo no fue fácil. Esas olas, esa locura no eran palpables. No escuchaban, o mejor dicho no querían ser escuchadas. Pero aun así seguiste intentando disfrutar. Cada dato, cada luz centelleante, cada sonido sibilante. Onomatopeyas de una cabeza desbocada que no quiere ser domada. Todo eso comenzó a adquirir conciencia, apariencia. Ya no era algo amorfo, ni etéreo. Las sombras comenzaron a formar algo: unos hombros, un cuerpecito enganchado a unos brazos y piernas delgadas. El aspecto de un niño enfurruñado que te mira con cierto recelo que no se fía de ti, se presentó ante ti. Le sonreíste, con ojos vibrantes. Su gesto variaba de estupefacción a tosquedad, no entendía porque le mirabas así. Diste un pequeño paso en dirección a él. Su cara era un poema. Ojos negros que en otra época odiaban, ahora reflejaban la duda, el asombro de ver que no huías. En tu interior, temblabas, las piernas se mantenían firmes, pero tu alma se tambaleaba en un cruce de pánico y ansiedad. “Déjate llevar” te decías, pero lo máximo que podías hacer era evitar que se notara ese temblor. Pensar más allá se hacía imposible. Otro paso más, y dos ojos te siguen como azabaches enganchados a tu pecho, dubitativos, que intentan provocarte, asustarte. Pero tú eres más fuerte, más que tus temores, que el odio, que la tristeza, TÚ ERES MÁS FUERTE. Y con esas letras retumbando en tu cabeza, llegas ante él. Apenas mide más de 140 centímetros, pero cuánto daño es capaz de hacer. Te arrodillas y lo miras fijamente. No tienes miedo. Eso le asusta, tanto, que empieza a crecer desmesuradamente. Se convierte en un gigante inabarcable, que te mira con prepotencia. Pero tú eres más fuerte, y con los brazos abiertos, te levantas del suelo para acabar abrazando una de sus enormes piernas.

Ya no hay gigante, ya no hay dolor. Solo hay un niño, que sonriente, te devuelve el abrazo. Justo ahí se produce el cambio, justo ahí, pasas del infierno a la calma de un bote en un océano vacío de presencia. Mar inconmensurable que refleja la dualidad de esa batalla sin vencedores ni perdedores, entre tu mente y tú.

Has vuelto a sobrevivir a otro ataque de pánico.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s