La Nada

El sol, la dulce brisa marina ondeando su melena, tus ojos brillantes esperando que se acerque y te bese. Hace aire, las olas rompen contra la orilla mientras su mirada sigue en el fondo del océano. No se gira, ni si quiera cuando le pones tu mano encima de la suya. Susurras su nombre, pero da lo mismo, sigue con esa mirada perdida. Tragas saliva, algo pasa. Las palabras mágicas se forman en tu cabeza, intentas resistirte para no lanzarlas al vacío, pero no puedes más. Las sueltas: – ¿Te pasa algo?-. Entonces llega el shock, los aplausos en tercera fila de un cine al que nunca irías. El oscar a la mejor interpretación viene seguida de un discurso cortante, seco: -Quiero dejarlo.

Y empiezas tu andadura en el vacío, en lo que llamaríamos LA NADA. Una dimensión en la que todo da la sensación de estar congelado. El tiempo no pasa. Caminas al lado de alguien, o de algo, no lo sabes bien. Lo observas detenidamente. Se parece a ti. Tus mismos rasgos, tu mismos andares, pero se ve borroso, con varios filtros anaranjados de Instagram y un contraste horrible. Da pena, intentas deshacerte de él. No quieres que te siga. Empiezas a andar más rápido, giras una esquina a la derecha y seguidamente otra a la izquierda, pero cuando miras atrás, ahí está. Te observa, pero no sonríe. Sus ojos están apagados. Mirarlos es como mirar la pantalla de una televisión desenchufada. Emiten una pequeña luz, que da la sensación de tener algo de vida, pero en el fondo están muertos.

Alrededor tuyo la vida sigue igual: el metro colapsado, la gente paseando sin rumbo por Gran Vía, atasco de coches, bicicletas con frenos que chirrían como un centenar de pájaros al anochecer, perros que defecan y amos que se agachan a recoger lo que para ti podría ser tu vida ahora mismo. Sí, todo eso está ocurriendo ahora, mientras paseas con tu nuevo amigo. Pero tú no lo ves, no ves más allá de tu amigo, ni siquiera eres capaz de descifrar hacia dónde te diriges. Vas sin rumbo.

Trabajas como una máquina; rutina sin sentido. Tu mente no tiene espacio para nada más que ella. Al lado, tu nuevo amigo sigue observándote. Llevas una semana con él de acompañante y todavía no se ha presentado. Te da igual, ya se cansará de seguirte, o al menos eso piensas.

Sudores entremezclados, besos en el cuello. Os miráis a los ojos mientras le acaricias la espalda. Bajas lentamente con la lengua hasta sus pechos, escuchando sus gemidos de placer. Pero algo pasa, no puedes concentrarte. Tu mente vuelve a traicionarte. Surgen comparaciones sin sentido, no entiendes nada. No es ella. Eres consciente de eso. Volvéis a miraros a los ojos. No son sus ojos, ni su boca. Sí, es más guapa que ella. Pero estás cegado. Una venda recorre tu cabeza y no te deja ver más allá del pasado. Acabas lo que podrías llamar un polvo de mierda. Ella quiere arrumacos, y tú huir. Explicarlo sería perder el tiempo, y como no vas a volver a verla, te inventas una excusa también de mierda. Hoy todo va de ese palo.

Mientras te vistes, él está observándote. Sabes que ha estado todo el rato en esa habitación, en modo voyeur, sólo que no ha disfrutado. Si bien ese momento ha sido compartido, ambos habéis odiado esa habitación. Te despides falsamente y escapas de todo, de ella, del sitio, del tiempo, de él… Pero él te sigue, pegado a ti.

Una fiesta, alcohol, amigos, una chica simpática, lagunas… Estás en una discoteca, el ruido es ensordecedor y apenas oyes lo que dice tu nueva amiga. Miras a tu alrededor, y vuelves a verle. Pero está vez es distinto, parece que sonríe. Se dirige hacia a la salida. No entiendes nada. Te apartas de la chica y te diriges hacía la puerta. Esquivas borrachos y parejas metiéndose mano, lo vas a perder y no quieres, aunque no sabes por qué. Llegas a la calle, la lluvia torrencial no te deja ver nada. Fuerzas la vista y miras por todos lados, pero nada, no hay ni un alma. Vuelves adentro, confundido, y te pides otra copa.

A la mañana siguiente despiertas con la peor resaca del mundo. Las sábanas te acarician las mejillas, y tus ojos enfocan lentamente las figuras abstractas que forman el gotelé de la pared de tu habitación. A tu lado duerme tu nueva amiga. Una ondulada cabellera castaña recorre su bonita espalda. Es mona, da gusto verla dormir. Sientes algo raro dentro de ti, algo que se incendia lentamente en tu esófago y comienza a bajar hacia tu estómago. Aunque te duele mucho la cabeza, mirarla te relaja ese dolor. De repente, quieres saber algo más de ella. ¿Qué tipo de cine le gustará? ¿Pizza o burguer? Esperas que ambas comidas estén entre sus favoritas.

Te levantas y vas al baño. Te lavas la cara y mientras la secas, aparece él. Le miras y sonríes. Él te devuelve la sonrisa y se despide. Te da pena, le habías cogido cariño, pero la vida sigue, el mundo cambia, sale el sol, y el Jäger se acaba.

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